TOREROS

DATOS DE
Dámaso González

Sobre los victorinos...
Cuajar a un victorino requiere poesía, valor y temple
Datos del Escalafón
Festejos 24
Reses 42
Toros 42
Novillos 0
Vueltas Ruedo 6
Orejas 17
Rabos 0
Puertas Grande 4
Nacimiento
sin datos
Residencia
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Debut
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Alternativa
sin datos
Padrino
sin datos
Testigo
sin datos
Confirmación
sin datos
Testigo 1
sin datos
Testigo 2
sin datos


Elías Canetti nos explicó en “El suplicio de las moscas” que hay por lo menos dos clases de miedo: el luminoso y el amargo. El primero crece y crece, y se expande, hasta que estalla. El segundo, en cambio, es el que logra convertir a los hombres en momias. El miedo luminoso los convierte en... poetas.


Venturosamente para nosotros, Dámaso es una misteriosa víctima del miedo luminoso.
“Es que el toreo tiene mucho de poesía, mucho de valor y mucho de temple y esas tres vertientes se hacen indispensables a la hora de cuajar un victorino”, manifiesta el maestro albaceteño.


“Sucede que poderle a un toro de esta divisa es difícil de contar y mucho más difícil de hacer. Es necesario poner la muleta adelante y llevarle muy lejos. Si de principio colocas la pañosa atrás, recortas el viaje a los toros y les haces ir a menos. También es importante colocarse en el sitio justo, dónde el victorino te pide. Yo no he dejado que me den tornillazos por debajo del cuerpo, he necesitado verlos metidos en la tela para llevarles por delante y en cuanto hubiese la menor ocasión bajarles la mano y arrastrarles la muleta por el suelo. Cuando te colocas de verdad el propio toro de Victorino te obliga a hacer las cosas bien. Cuando te cruzas con él le haces incluso mejorar, pero cuando le toreas al hilo del pitón y con la muleta retrasada, tienes que pensar que el animal debe de hacer todo el esfuerzo”.

“A lo mejor es una cuestión de valor. No sé...yo he tenido todo el valor que he querido y eso, no puede decirlo todo el mundo. He disfrutado mucho con mi valor sereno, con mi valor controlado. Pienso que es fundamental marcarse unas normas, ser fiel a ellas y no engañar al público porque, a la larga, te estás engañando a ti mismo. Quizá esa coherencia sea aplicable tanto a mi hacer en el ruedo como al hacer de Victorino a la hora de criar y seleccionar sus toros”.


Dámaso, al igual que el ganadero de Galapagar, tuvo el naipe fuerte y supo aprovecharlo, reconducirlo. Ganar el primer millón no cuesta nada. Lo que cuesta es conservarlo y aumentarlo. “Qué Dios se lo conserve y aumente”, dicen sus partidarios. Ni Dios, ni Rey, ni Roque. Uno mismo es quien tiene que hacer el milagro. Y el manchego lo hizo, porque ninguno ha sabido como él ser Pigmalión de sí mismo, pulirse, afinarse y sacarse brillo cada tarde frente a un toro bravo.
“En la vida se lucha igual que en las películas. Uno lucha por su tierra, por su mujer, por sus hijos...Lo que pasa es que yo no he necesitado el alivio de nadie. Todo lo que hoy tengo me lo he ganado con mi sacrificio, mi esfuerzo y mi dedicación. Igual que Victorino. El es otro luchador de la vida, otro superviviente con mucho talento”.

Dámaso González, en su plenitud de artista, se convirtió en un emocionado que emocionaba. Y sus miedos fueron los testigos vencidos y convencidos de sus mejores faenas. El maestro albaceteño se despidió del toreo activo en la temporada de 1994.

Marisa Arcas

 

 

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Icono del vehículo de las visitas de turismo
Icono de una copa de vino
Icono de la silueta de una cabeza de caballo